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En este blog publicaré algunos relatos cortos que he escrito, poco a poco los voy subiendo y pienso que tendre muchos dentro de poco. Comentar los relatos, contadme lo que os gusta y que no. Sobre todo espero que os guste.

viernes, 26 de agosto de 2011

¿ANGELES O DEMONIOS?

En la guerra todo es sufrimiento y dolor no es algo divertido ni algo que quieras recordar. Tenía dieciocho años y andaba hacia mi casa cuando vi que eran casi las diez. Faltaba poco para el toque de queda, corrí hacia mi casa intentando llegar lo antes posible, pero,  sonó la sirena del toque de queda. Los coches patrulla se estaban movilizando, lo único que se me ocurrió fue ir por las sombras, escondiéndome. Lo que conseguí fue atrasarme más y no llegar a mi casa, no pude llegar, tenía un jeep militar pisándome los talones. Entonces me enfocaron con un foco cegador y gritaron:
– ¡Cogedle que no escape!
Empecé a correr, pues no quería que me cogieran, no pude huir.
– Atadle las manos y metedle junto a los demás -dijo uno de ellos apuntándome con un subfusil.
Me ataron las manos a la espalda y me metieron el jeep a empujones. Habían cogido a cuatro personas más aparte de mí.
Mientras ponían en marcha el jeep el teniente nos miro y dijo a los otros dos soldados:
– Pongamos rumbo “al sitio”.
Cumplieron la orden y dieron media vuelta. Yo ya sabía dónde nos llevaban, nos iban a fusilar. Empecé en pensar en mi familia, mi madre había muerto a causa de la metralla de una granada  que habían tirado por la ventana, mi padre el único que me quedaba me daba igual que muriese porque me daba tremendas palizas, lo odiaba, solo vivía con el porque no tenía otro lugar, pero el que iba a morir era yo. Llegamos a una casa rodeada por un bosque que utilizaban como cuartel, nos paramos y nos dirigieron a la parte trasera de la casa, mientras pasábamos por un lado de la casa vi cuerpos de personas amontonadas sobre una fosa y los bordes del camino; era una escena horrible habían moscas al alrededor de los cuerpos y el hedor era insoportable,  nunca se me quitó esa imagen. Nos pusieron de cara mirando a cinco soldados, entonces se llevaron los fusiles al hombro.
– ¡Apunten! –dijo el teniente.
Pero cuando se disponía a dar la orden de disparar, como un regalo caído del cielo, unos soldados del otro bando empezaron un tiroteo contra el teniente y sus hombres, dejándonos a mí y a los otros reos un margen de tiempo para escapar. Corrí con todas mis fuerzas hacia el bosque cercano y me interné en la negrura, hacia la zona más profunda del bosque, para que no me encontrasen los soldados enemigos y me abatiesen.
Me senté en un tronco caído  para descansar y tomar aliento. Entonces noté el hambre, tenía que conseguir algo de comida. Empecé a buscar algo de comer, pero no encontré nada. ¡¿Es que, en este maldito bosque no había ni plantas ni animales comestibles?! , por lo menos tendría que haber algún riachuelo. Nada de agua ni de comida, tendría que salir a campo abierto otra vez, o moriría en medio de la nada. Empecé a  andar en busca de alguna salida pero no lo conseguía, entonces me acordé de una cosa que me decía mi abuelo de pequeño.
       En mi juventud me subía a los arboles más altos y veía todo el paisaje del alrededor. –Entonces se me ocurrió.
Me fui a una pequeña explanada donde había un gran árbol y empecé a subirme a un gran árbol, y en una de las ramas en el que me apoyé se rompió y empecé a caer hacia el suelo. Cuando toqué suelo se me nubló la vista y desapareció todo.
Cuando me desperté lo primero que vi fue un techo de cemento, estaba en una especie de enfermería, entonces se acercó un médico.
– ¿Estás bien?–Me dijo.
– ¡Hey! ¡Se ha despertado ya!–Dijo a otros médicos que estaban tomando apuntes.
Se acercaron y empezaron a hacerme preguntas.
       ¿Cómo te llamas? ¿Cuántos años tienes?
       Ehhh... me llamo Max tengo dieciocho años, pero quienes…
       ¿De dónde eres?
       De Madrid, que lugar es…
       ¿Qué hacías cerca de nuestro bunker?
¿Pero quiénes eran?  ¿Qué lugar era? Tenía tantas preguntas y nadie me prestaba atención. Me levanté y me fui corriendo dando un empujón a uno de los médicos.
       ¡Se escapa! ¡Cogedle, puede estar infectado!–Dijo el médico al que empuje, y corrió a trompicones hacia un botón rojo y lo pulsó.
Era la alarma, oí pasos y gritos  a mi espalda.
       ¡Usar dardos tranquilizantes no sabemos si es amigo o enemigo pero sobretodo no le hiráis puede tener información valiosa!
Oí armas cargándose y justo cuando me entré en una grande zona subterránea llena de tanques blindados, aviones de bombardeo y una zona de agua con submarinos vi un dardo chocando contra la esquina del arco que acababa de atravesar. Corrí hacia lo que parecía una salida pero en medio del camino había una horda de soldados con armas preparados para dispararme, de nuevo me empezaron a disparar pero me dio tiempo te agacharme detrás de un tanque. Iba a salir de nuevo a correr pero noté un pinchazo en la espalda, me habían dado. Todavía sentía fuerzas para seguir y no me rendiría tan fácilmente, eché a correr. Tenía más dificultad en reaccionar y me dieron otros tres dardos, no pude mas, empezó a dar vueltas las cosas hasta que desapareció todo.
Me desperté en el mismo lugar de antes solo que ahora estaba sentado y atado por correas de cuero, y estaba rodeado de soldados.
       ¿Por qué estabas cerca de nuestra base?, ¿de dónde has salido?–me preguntó un soldado que parecía tener más rango que otros.
Estaba arto de los interrogatorios, o era cooperar o seguir siempre con los interrogatorios.
       Por accidente. Yo no soy de esta zona y no sé por qué me retenéis.
       Tenemos que hacerte algunas pruebas. No sabemos lo que puedes haber tocado.
       ¿Después me dejareis marchar?
       Bueno, tal vez….
Después de todo no tenía a donde ir.
Deje que condujeran a otra habitación. Estaba llena de aparatos extraños, miles de interruptores, luces parpadeantes, y tubos saliendo de todos los sitios inimaginables.
Los que estaban en esa habitación, estaban todos protegidos de la cabeza a los pies con unos trajes como impermeables, con unas mascarillas que les cubrían casi todo el rostro, y unas gafas de un color extraño.
No entendía por qué tanta precaución. ¿Solo por mí?
Empezaron las pruebas. Me buscaron las venas en el antebrazo, y con una jeringa que a mí me pareció enorme me  sacaron sangre, mucha sangre.
Parecía que no iban a terminar nunca.
Cuando ya parecía que  no lo podría soportar más, me dijeron que ya tenían todos los datos que necesitaban. Que parecía que controlaba bien el virus.
       ¡¿Qué VIRUS…?! Dije casi chillando.

Se miraron entre ellos, estaban alrededor de mi camilla. Note un ligero retroceso, como si mi reacción les hubiera puesto a la defensiva.
       Vamos a ponerle en observación.
Hablaban como si yo no estuviera allí. Empecé a asustarme de verdad. No comprendía cómo había llegado a esta situación. ¿Pero  que pasaba? ¿Qué virus? ¿Qué me estaba pasando?
Vinieron otros hombres, también completamente cubiertos. Me llevaron a una habitación con paredes blancas, con una mesa en el medio, una cama sencilla en un lateral, y un retrete anclado a la pared, en una esquina.  Una de las paredes, a la altura de los ojos, un largo espejo.
Antes de cerrar la puerta, la misma voz que me dijo que tenía el virus, me dijo que tendría que estar en observación. Y cerraron la puerta, dejándome demasiado conmocionado como para oponer resistencia.
Permanecí allí plantado, no sé el tiempo, no lograba hacer que mi cerebro reaccionase. ¿Cómo había llegado a ese sitio? ¿Cómo que tenía un virus? ¿Quién era yo? No sabía nada. No recordaba nada. Solo pequeños episodios de mi vida, que no explicaban porque me encontraba en esta situación.
Sonó la cerradura, alguien entró. Yo lo seguía como en un sueño. Me volví para enfrentarme a otro hombre, este tenía pinta de médico,  iba vestido como tal. No llevaba la cara cubierta. Tal vez ya se había terminado la cuarentena. Tal vez me dejaran marchar.
El médico me hablo.
       Vamos a tenerte en observación. Tienes el virus. Pero no sabemos como tú estás vivo. Cómo reacciona tú organismo, y como has llegado tan lejos.
Empecé a reaccionar. Esto ya tenía algo de sentido.
Siguió hablando.
       Sabemos cómo actúa el virus en  los humanos. Y no sabemos por qué tú no eres igual.
Empezaré desde el principio. Un año después de empezar la guerra, decidimos bombardear la zona donde empezó el conflicto. Utilizamos bombas biológicas. Contenían un virus que desaparecía a las horas de ser lanzado. Pero si lo inhalabas antes de que se desactivara su carga nociva, te detenía el corazón.
Pero nadie pensó que el virus mutaría. Cuando era inhalado por los soldados, primero parecía que morían. Pero luego revivían, con sus heridas mortales, contra toda lógica, y empezaron a propagar el virus, porque su organismo ya no era el mismo, ellos no eran los mismos.
Intentamos pararlo, pero ya no se podía controlar. Solo se podía deshacerse de todo el que pareciera infectado. Poblaciones enteras, civiles, mujeres, niños, ancianos.
Yo no salía de mi asombro, cada vez lo entendía más. Este médico me estaba haciendo participe de un gran secreto, un secreto brutal.
Todavía no tenía claro que era tan peligroso de este virus mutado, pues como había dicho el médico, ya no mataba, sino que los revivía, ¿Dónde estaba el problema?
Se lo pregunté. Y me contestó:
       La mutación del virus ya no mataba, pero hace que se produzcan cambios en el cuerpo de la persona infectada. Por eso nos extraño, pues tú lo tienes, y todavía no los has sufrido.
       ¿Qué cambios son esos?
       Les sale dos protuberancias en la espalda, con el tiempo se convierten en alas, alas negras, después la piel se les ennegrece, se seca, hasta parecer cuero viejo, y sus ojos, sus ojos se vuelven de color amarillo, con una expresión que aterroriza solo con mirarlos.
       ¿Eso me va a pasar a mí?
       No estamos seguros, parece que tú organismo lo está controlando. Tú cuerpo lo sintetiza de otra manera. ¿Quizá estemos ante la solución a esta tragedia?
       ¿Qué me pasara?
       No lo sabemos. Ahora metete dentro de tú habitación. Tranquilo, te trataremos bien. Tal vez sea una señal y nos has traído la salvación.
Era curioso, ya no corría peligro de que me mataran fusilándome, pero en cambio, la incertidumbre de ser el  portador de la solución no me hacia estar más tranquilo. Sabía que si habían sido capaces de crear un virus como ese, y soltarlo por el mundo, los que lo crearon no se detendrían ante nada. Si no, la humanidad estaría perdida.
Solo tengo miedo de una cosa, ¿los cambios que noto será la solución o la perdición?

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