Ya habían pasado ochenta años, estaba en una pequeñita habitación de una pequeña residencia de las afueras de Madrid. Vivía en una habitación de paredes agrietadas y de un color rojo granate desgastado por los años, y un cuarto de baño con un váter y una duchita. Desde luego no le gustaba donde vivía pero había hecho amistades por la residencia. Un día le dijeron que tenía alzhéimer y desde aquel día intento retrasarlo haciendo los ejercicios que le mandaban los médicos, no quería olvidarse de lo único que le hacía feliz, su hijo. Su hijo de cuarenta años le visitaba cada fin de semana y le explicaba a su padre todo lo que hacía durante la semana. Para el viejo y solitario padre era como un día de mucho sol, que le rejuvenecía y le recordaban los tiempos cuando era joven, cuando todavía vivía su mujer. Un día vino un señor que decía ser su hijo, y el padre, desconcertado le rechazo diciendo que era mentira, el señor se asombró y se echo a llorar, le dio un beso y se fue. Al los tres días mientras dormía se le paró el corazón y lo único que pudo hacer es, reunirse con su mujer.
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